Julia Rosemberg y una Evita diferente: por qué leer “Eva y las mujeres”
Cada 7 de mayo aparecen en las redes múltiples homenajes a Evita: historias, estados, videos, una catarata de frases y fotos. En algunos lugares también hay actos o actividades en su nombre. De una u otra manera, todos buscan recordarla. Sin embargo, buena parte de los relatos que circulan a su alrededor suelen girar sobre lo mismo: la pasión, la entrega y ese vínculo tan cercano con el pueblo. “Eva y las mujeres: una historia de irreverencia”, de la historiadora Julia Rosemberg, propone una mirada distinta. Sin dejar de lado esos rasgos, ofrece una Eva que sorprende incluso a quienes creían conocerla.

Sorpresa y curiosidad son las dos palabras que mejor describen lo que genera esta lectura. Sorpresa porque, aún en los relatos más conocidos, encontrás cosas nuevas: interpretaciones, nombres, hechos, datos. Y curiosidad porque cada capítulo deja la sensación de estar frente a una figura más amplia, más compleja y más política de lo que creíamos conocer, y da ganas de seguir buscando.
Hay una fórmula tradicional que asocia a Perón con la razón y a Evita con el corazón. En esta obra, Rosemberg deja al lector dudando de ella. Expone una Eva que piensa estratégicamente, que planifica y que traduce sus convicciones en organización política concreta. Eso se ve con claridad en el modo en que el libro narra la antesala de la promulgación de la Ley 13.010, sancionada en 1947, que equiparó los derechos civiles y políticos de las mujeres a los de los varones. La autora muestra que esta ley fue apenas un punto de partida en un proceso mucho más largo. El trabajo “fuerte” vino después: empadronar a las mujeres de todo el país, quienes ni siquiera tenían libreta cívica. Es decir, integrar a la mujer al sistema político argentino.
Hay una fórmula tradicional que asocia a Perón con la razón y a Evita con el corazón. En esta obra, Rosemberg deja al lector dudando de ella.
Poco más tarde, en 1949, se creó el Partido Peronista Femenino, una organización que en poco tiempo logró un posicionamiento territorial en cada provincia y que formó cuadros políticos que llegaron al Congreso. Como fueron los casos de Josefa Miguel de Tubio (diputada nacional) y Susana Correché (senadora nacional), ambas legisladoras en representación de la entonces provincia Eva Perón, hoy La Pampa. Cabe destacar que los niveles de representación femenina en el Congreso Nacional alcanzados durante el peronismo recién fueron superados en la Argentina casi llegando al año 2000, ley de cupo femenino mediante.
Este enfoque corre a Eva del lugar exclusivamente emocional o pasional desde el que tantas veces se la narra. La pasión sigue ahí, pero deja de ser un atributo aislado para integrarse a una práctica política rigurosa. La Eva de Rosemberg ama a su pueblo y, justamente porque lo ama, organiza, planifica y conduce. Como señala la autora, una de las marcas de origen del peronismo fue, precisamente, esa forma de hacer política basada en “un contacto directo con los trabajadores y los más necesitados, salteando burocracias e instituciones, y por el otro, cierta inmediatez en la solución concreta de problemas“. Una frase que resuena en la actualidad más que nunca: mirar al pueblo, identificar sus demandas, elaborar un plan y actuar en consecuencia es un mandato que excede cualquier coyuntura.
…una de las marcas de origen del peronismo fue esa forma de hacer política basada en “un contacto directo con los trabajadores y los más necesitados, salteando burocracias e instituciones, y por el otro, cierta inmediatez en la solución concreta de problemas“.
La Fundación Eva Perón es otro de los ejes donde el libro muestra dimensiones poco transitadas. Allí, la asistencia no se entendía como caridad o beneficencia, sino que propone un concepto superador que es el de ayuda social. Quien recibía ayuda lo hacía en su condición de ciudadano, en pie de igualdad con cualquier otro. Esa idea fue revolucionaria en su momento y lo sigue siendo: mirar al otro como a un igual, y no como objeto de lástima, ordena de otra manera la relación entre la sociedad y sus sectores más postergados.
Quien recibía ayuda lo hacía en su condición de ciudadano, en pie de igualdad con cualquier otro.
Hay un capítulo especialmente doloroso pero necesario para entender lo que significó Eva en la historia argentina: el que aborda lo que vino después de 1955. El ensañamiento contra la figura de Eva, la persecución a las mujeres que habían integrado la fundación y el partido, la destrucción de archivos, la profanación de su cuerpo. Rosemberg muestra que la furia contra Eva tuvo una raíz política precisa: fue la respuesta a alguien que había corrido los límites de lo permitido para una mujer en su época, y que además lo había hecho desde la política. La Evita irreverente atraviesa todo el libro y se manifiesta en varios planos.
Las páginas están documentadas con discursos, testimonios y materiales de archivo, y la autora logra un equilibrio difícil entre lo histórico y la lectura amena.
En el aniversario de su nacimiento, recomendar este libro es una forma de homenajear a Eva. Una Eva que pensaba, organizaba y hacía. La que entendió que las convicciones, sin acción, son apenas declamación. Una lectura para quien quiera asomarse a una figura que, a más de setenta años de su muerte, todavía tiene mucho para decir y para enseñar.
