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mayo 1, 2026

Una generación de trabajadores rotos

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Por Yanina Guiñazú

El 1 de mayo nació, hace más de 130 años, de ponerle el cuerpo a una demanda concreta: ocho horas de trabajo, ocho de descanso, ocho de vida. Hoy parece mentira pero algunos políticos se preguntan en voz alta para qué queremos el tiempo libre, o por qué dejar de trabajar a los 65. Es una discusión disfrazada de “modernización laboral”, que atrasa más de un siglo.

Pero el problema no son solo ellos. El problema es que esa discusión se da y nada vuela por los aires, que la dejamos pasar porque, en algún lugar, la compramos: trabajar no solo dignifica, sino que construye a los “seres de bien”. Pero la culpa de no rendir, de no producir, de no estar siempre disponible, es nuestra. Me llega un WhatsApp a las diez de la noche. Es el trabajo. Estoy en línea, no puedo no atender. Es el sistema, sí. Pero también somos nosotros, que ya no podemos parar.

Ofelia Fernández, una de las voces más lúcidas de la juventud argentina, advierte en Cómo ser feliz que la llamada “generación de cristal” está efectivamente rota. El aumento en las tasas de suicidio y de trastornos depresivos, ansiosos y alimenticios es real. Y ubica la bisagra en 2010; en el surgimiento del like y la cámara frontal.

No es casualidad. Desde ese momento, existir exige producir. Llenar las redes de uno mismo para que no queden dudas de que estoy, que soy, que existo. Cuando no laburo por plata, laburo por mi imagen, cuando no es por mi imagen es por los likes. La forma cambia —más filtrada, más espontánea, más en bolas— pero la lógica es la misma: el rendimiento tiene que ser constante. Y esto nos atraviesa a todos. También a los que se detienen a pensar. También a los que leen a Byung-Chul Han en lugar de consumir reels de autoayuda-manifestante —(te aviso que Han hoy llega antes por TikTok que por los libros).

La sociedad disciplinaria, dice Han, producía locos y criminales. La del rendimiento produce depresivos y fracasados. Ya no estamos determinados por el no-poder sino por el poder sin límites. Los proyectos, la motivación, las iniciativas reemplazan la prohibición y la ley. Y con ellos llega la normativa autoayuda: mil teorías para controlar la incertidumbre y ser, pese a todo pronóstico, lo más resolutivo posible. Han lo dice sin rodeos: no es el yo agotado de tanto mirarse el ombligo. Es el alma quemada. El infarto del alma que provoca el exceso de rendimiento. Y con el ruido, perdemos algo más difícil de reponer: la capacidad de asombrarnos. La proliferación de información y de estímulos desplazó el vacío. Hemos perdido la sensibilidad ante un mundo en guerra, ante el hambre, ante los jubilados cagados a palos los miércoles en el Congreso, ante el anuncio constante e indiscriminado de toda una generación que tiene como muletilla el “me quiero matar/morir”.

El pensamiento necesita silencio, dice Han. La sensibilidad es lo que nos hace permeables. Y nosotros, lamentablemente, vivimos en una gran vidriera fría y permanente donde todos somos productos y todos somos clientes.

Ese es el diagnóstico. La pregunta es qué hacer con él, pero la respuesta no es individual. No se sale con menos uso del celular, con más meditación o con un tablero de visualización. Se sale con política, con decisiones colectivas sobre cómo queremos vivir.

No se trata solo de ser feliz. Se trata del poder-no-poder: poder estar triste, no productivo, desconectado. Retornar al arte de la contemplación sin que eso sea un síntoma a tratar. Porque el burnout – que en criollo es como tener tres laburos y querer sobrevivir en esta economía –  genera cosas que más que pretender curarlas deberíamos poder, al menos, experimentar. No naturalizarlas, sí cuestionarlas. Hacer las conexiones, ver los hilos y generar pensamiento más allá del algoritmo.

“Que el mundo cambie y que cambie rápido debería ser el sueño de cualquier militante”, dice Ofelia. Si. Pero que cambie hacia dónde: ¿hacia más rendimiento, más conexión, más gestión del yo, o hacia otra cosa? Ofelia propone presencialidad y presente: acceso igualitario al descanso, cultura y deporte legislados desde la salud mental, regulación de la matriz adictiva de las redes sociales. Pero por sobre todo, y acá me parece brillante, asumir que si estamos quemados, deberíamos al menos tener la capacidad de ponerle a la próxima generación un horizonte delante,un futuro soñable.

¿Por qué me siento como me siento? ¿Por qué es 1 de mayo y siento tan lejana la construcción de los trabajadores de hace un siglo que me veo como un pulpo hiperconectado respondiendo en todas las pantallas a la vez? ¿Por qué siento que hoy voy a tener que felicitar públicamente cuando el resto del año quizás no salgo ni una vez a la calle a defender a los laburantes? ¿Por qué estamos convencidos de que todo lo que nos pasa es gestión propia, que el margen es nuestro, que el sistema es el fondo y nosotros la figura, y que de la misma forma, la salida es individual?

Yo también quiero proponer algo, como Ofelia. Quiero proponer la horizontalidad del cuerpo, la apertura del ojo, la contemplación como innegociable. Volver a sentir algo para poder, después, juntarse con otros a pensar qué presente queremos vivir. Porque hoy hay movimientos por todos lados pero pocos acuerdos. Hace más de un siglo, los trabajadores pararon y después se organizaron. Tenían algo que hoy parece escaso: un proyecto.

 En el ruido constante, en la gestión absoluta del yo, hay cosas que no crecen.  

Sin capacidad de contemplar, sin silencio, sin sensibilidad, es imposible construir algo en común.El 1° de mayo sigue siendo una buena fecha para recordarlo.

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