Un peronista del 45
Para mí, hablar de mi papá es también hablar de una forma de hacer política. Su vida, en muchos sentidos, refleja ese recorrido tan propio del peronismo, la real movilidad ascendente: el de un hijo de trabajadores que, con esfuerzo propio y de su familia, y con el acompañamiento del Estado, pudo estudiar en la universidad púbica, trabajar y llegó a ocupar el lugar más alto al que puede aspirar un militante en una provincia.
Se formó muy joven, en su casa, en las charlas con su propio padre —mi abuelo— y en ese mundo donde la política no era una teoría, sino parte de la vida cotidiana. Vio cómo las políticas de Perón transformaban la vida de los trabajadores, y eso lo marcó para siempre. Muchas veces se dice que era “de los que se quedó en el ‘45”. Y es cierto. Pero no como una limitación, sino como una convicción: el peronismo de las tres banderas, el de la justicia social como eje, el de la política como herramienta para mejorar la vida de la gente.
Vio cómo las políticas de Perón transformaban la vida de los trabajadores, y eso lo marcó para siempre.
Si tengo que pensar qué de él hace más falta hoy, diría, en primer lugar, la cercanía. Yo crecí viendo la puerta de mi casa abierta. Cualquiera podía llegar, tocar, y él salía a escuchar. Sin distancia, sin intermediarios. Eso no era una anécdota: era una forma de entender la política. También la escucha real. Él decía que la mejor encuesta era la que te hacía la gente en la calle. Y actuaba en consecuencia.
Tenía, además, una gran capacidad de decisión. No improvisaba ni gobernaba desde una oficina. Creía en los proyectos, en planificar, en rodearse de gente capaz y en hacerse cargo de cada decisión. Y algo que hoy valoro especialmente: la sensibilidad. Estaba convencido de que la gestión sin política no tiene humanidad, y que la política sin gestión se diluye.
Yo crecí viendo la puerta de mi casa abierta. Cualquiera podía llegar, tocar, y él salía a escuchar. Sin distancia, sin intermediarios.
Otro rasgo central fue su vocación de unidad. Hubo diferencias dentro del peronismo, muchas veces profundas, pero una vez definido el rumbo, se avanzaba juntos. No como consigna, sino como práctica. Al punto de poner un límite si alguien insultaba a un compañero aún en una conversación informal o familiar. Recuerdo su frase “No se habla mal de un compañero” y “al peronismo no se le saca el cuerpo” y se lo asume “sin beneficio de inventario”.
Por eso creo que este ejercicio de memoria es necesario. Porque cuando recordamos a mi papá —cuando contamos esas escenas cotidianas, como la puerta abierta o las horas escuchando a la gente— también estamos hablando de una forma de hacer peronismo: más cercana, más humana, más comprometida.
“…cuando recordamos a mi papá también estamos hablando de una forma de hacer peronismo: más cercana, más humana, más comprometida.”
En un contexto donde la política muchas veces aparece lejana o fragmentada, recuperar esas prácticas no es nostalgia. Es una forma de pensar el presente.Fue político, fue estadista y fue un hacedor. Es, quizás, uno de los pocos de quienes se podrá decir que sus gobiernos quedaron materializados en obras públicas que permanecerán siempre. Ese “Por aquí pasó Marín” no es solo un eslogan: es parte de la infraestructura misma de la provincia y también de la memoria de las y los pampeanos.