El precio del disenso en un pueblo donde todos se conocen
¿Cuánto sale pensar distinto en un pueblo de 393 habitantes?
Vivir en un pueblo muy chico es vivir en vidriera. Todos te ven, todos te conocen, todos opinan. Pero, ¿qué pasa cuando esa vidriera se vuelve jaula? En las ciudades grandes la política se mide en votos. En los pueblos de pocos habitantes se mide en consecuencias. Vivir donde todos se conocen tiene su encanto. También su trampa. Porque cuando no hay anonimato, pensar distinto deja de ser un derecho y se vuelve una exposición.
En Ceballos, una localidad de 393 habitantes donde el intendente gobierna solo para su sector y con bandera de derecha, militar otras ideas no es solo debatir. Es jugársela, es sostener la democracia militando: en el pueblo chico la política no se discute, se cobra, acá no hace falta prohibir por decreto, alcanza con el silencio, porque acá, militar es de valientes.
Ceballos… Todos se saludan. Todos se cruzan. Todos saben quién sos… y quién no sos para el intendente de turno, no es solo el silencio, es también con el proyecto que “no sale”, con la invitación que no llega, con el “vos no” que se entiende sin decirse, donde el poder municipal no solo administra: también marca quién entra y quién queda afuera. No hace falta un decreto que prohíba militar.
Lo difícil es entender que un pueblo no crece podando voces: crece sumándolas. La democracia no es solo ir a votar, es poder discutir el día después sin miedo a quedarte afuera.
¿Gobernar para la élite es gobernar para el pueblo?, ¿O es administrar 393 personas como si fueran 40?
Considerando un recurso como lo es una planta cerealera, que podría garantizar estabilidad y tranquilidad en los hogares, en estos tiempos tan crueles que nos tocan vivir, en Ceballos no sucede: bajo manejos, solo una “elite” es la privilegiada en este contexto.
Vivimos una actualidad en donde opinar distinto se volvió un acto de coraje, en donde callarnos paso a ser “prudentes”, con el claro ejemplo de que este lugar se ordena callando voces, pero ese orden, es pensar todos iguales. Ese silencio se enseña, con el ejemplo, porque la disidencia sale cara. Callar está sujeto a una trabajo, una changa o una asistencia menos.
Gobernar solo para una élite es fácil, lo difícil es gobernar para los 393.
Un pueblo crece cuando entran ideas nuevas y se estanca cuando solo se escucha una voz.
Lo difícil es entender que un pueblo no crece podando voces: crece sumándolas. La democracia no es solo ir a votar, es poder discutir el día después sin miedo a quedarte afuera. Es que pensar distinto no te convierta en enemigo del pueblo, sino en parte de él. Ojalá los pueblos chicos entiendan esto antes de vaciarse de ideas. Porque cuando se va la última voz distinta, lo que queda no es orden. Es silencio.
…cuando el espacio público es chico, la diferencia política se vuelve personal.
En Argentina, la Constitución Nacional garantiza la libertad de expresión y el derecho a participar políticamente sin distinción de ideas. Organismos de derechos humanos advierten que en municipios pequeños esa garantía choca con prácticas informales de exclusión, por eso cuando el espacio público es chico, la diferencia política se vuelve personal. Y la pregunta que queda abierta es ¿hasta dónde llega la libertad de militar, y dónde empieza el costo de pensar distinto?